Por: Juana Mercedes

Pekín, China_ El intercambio de cierres de consulados entre China y Estados Unidos es el último capítulo de las crecientes tensiones entre las dos principales potencias mundiales, que protagonizan una relación que no para de empeorar en los últimos años.

¿Cuáles son los principales puntos de conflicto entre Pekín y Washington? Más allá de esta pugna diplomática, la guerra comercial, el coronavirus e incluso los posibles enfrentamientos militares han sido hasta ahora las claves a seguir.

Washington exigió el cierre del consulado chino en Houston (Texas, sur de Estados Unidos) entre acusaciones de espionaje, al considerar que Pekín lo estaba usando para coordinar la llegada de estudiantes enviados por el Ejército Popular de Liberación para obtener conocimientos que le permitieran obtener una ventaja militar, y que allí se habían cometido fraudes con visados.

La respuesta de China, que niega las denuncias de EEUU, es la esperada: aunque se había especulado con la posibilidad de que ordenasen el cierre del consulado estadounidense en Wuhan o incluso el de Hong Kong, finalmente será el de Chengdu -capital de la provincia central de Sichuan- el que se vea obligado a poner fin a sus operaciones.

Las tensiones han ido creciendo en los últimos meses, pero la relación llevaba empeorando desde al menos marzo de 2018, cuando el presidente estadounidense, Donald Trump, decidió imponer aranceles a productos importados de China a considerar que la balanza de los intercambios entre ambos países estaba desequilibrada, dando comienzo a una guerra comercial que todavía sigue activa.

A pesar de que el pasado mes de enero, poco antes de que se descontrolase la pandemia de la COVID-19, se firmó la “primera fase” de un acuerdo para solventar este conflicto, el impacto del coronavirus ha dificultado que China pueda cumplir con los compromisos adquiridos en el mismo, por lo que Trump aseguró recientemente que ya no estaba pensando en una posible “segunda fase”.

Pero la disputa entre ambos países trasciende el plano comercial, como demuestra el hecho de que la tecnológica china Huawei se encuentre en el ojo del huracán, ya que Washington la considera un peligro para su seguridad nacional por sospechas de sus vínculos con la inteligencia del país asiático, aunque la empresa asegura que son infundadas.

EEUU ha iniciado una campaña internacional -por ahora, con éxito en países como Reino Unido- para impedir que Huawei se encargue del despliegue de las redes de quinta generación (5G), y ha impuesto sanciones a la compañía que le han impedido, por ejemplo, utilizar cualquier servicio de Google -como el sistema operativo Android- en sus teléfonos inteligentes.

Y, si en enero parecía que la citada “primera fase” del acuerdo era la luz al final del túnel para los problemas entre Pekín y Washington, la gestión de la COVID-19 se ha encargado de anular toda esperanza: EEUU ha acusado a China de ocultar el virus en sus primeras fases y de controlar a la Organización Mundial de la Salud (OMS) a su favor.

Tanto es así que Trump anunció la salida de la OMS de su país, el más afectado con diferencia del mundo según las cifras oficiales, mientras que Pekín insiste en que avisaron a tiempo y que el descontrol del coronavirus en la nación norteamericana se debe precisamente a que ignoraron esas advertencias y a que gestionaron la emergencia sanitaria de forma deficiente.

Aunque China y Estados Unidos no hayan entrado en ningún conflicto militar directo y no parezca que vaya a producirse a corto plazo, las reclamaciones marítimas de Pekín sobre el mar de China Meridional han provocado una respuesta negativa de Washington, que no está dispuesto a ceder el control estratégico de la región.

Asimismo, siguen creciendo las tensiones entre China y Taiwán, ya que Pekín considera inevitable la reunificación con el resto del país de lo que considera una provincia rebelde y no renuncia a hacerlo por la fuerza, mientras que Estados Unidos, que la protege extraoficialmente ya que no tiene relaciones diplomáticas ‘de iure’ con Taipéi, continúa vendiendo armamento a la isla pese a las protestas chinas.

Washington ya reconoce abiertamente que su objetivo es “inducir el cambio” en China al considerar que, si no lo consigue, el mundo no podrá considerarse seguro, poniendo como ejemplo la violación de derechos humanos en Xinjiang y el recorte de libertades en Hong Kong, asuntos sobre los que también han chocado ambas potencias.

Donde Pekín ve una protección de su soberanía con la ley de seguridad nacional de Hong Kong, Washington considera que se han incumplido las promesas que permitieron el final del colonialismo británico, mientras que China niega rotundamente que las minorías musulmanas en Xinjiang sean víctimas de detenciones masivas, trabajos forzosos o controles de población, como denuncia EEUU.

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